MENSAJE POR EL 111 ANIVERSARIO DE LA IGLESIA A CARGO DEL PASTOR CARLOS VALLE

Lucas 13:10-17


Es una alegría poder celebrar un nuevo aniversario de nuestra querida iglesia de Flores. Ocasión para el recuerdo de tantos hermanos y hermanas que nos precedieron y por el servicio que está comunidad ha estado prestando al barrio. Esta congregación que nació bajo los árboles, en la siempre recordada frase de Don Daniel P. Monti, ha encontrado su misión en ser una iglesia de puertas abiertas.


Es llamativo recordar que este breve relato del Evangelio, que solo nos comparte Lucas, sucede, justamente, en la sinagoga, el lugar central del culto. Y no sucede por casualidad. Es en el corazón de la iglesia que el Evangelio se anuncia con un mensaje que resuena hasta hoy. Y nos llama a celebrar nuestro aniversario con espíritu renovado. Básicamente porque en el seno de la iglesia se afirman en este relato dos verdades básicas que Jesús comunica con mucha fuerza.


1. La vida de un ser humano es más importante que las reglas.


No hace falta mucha imaginación para saber que lo que Jesús hace en la sinagoga, es inaceptable. ¿Cómo se atreve a curar a una mujer en sábado cuando la ley dice que es un día cuando no se debe hacer ninguna tarea? ¿Qué se propone? Nada menos que desafiar a los religiosos de su época desenmascarando su hipocresía. La religión se había vuelto dogmática y cerrada. Las reglas dominaban la vida de los creyentes, muchos de los cuales vivían temerosos de no poder cumplir alguna de ellas. De esta manera la vida y la fe se deshumanizaban.


Veámoslo de esta manera. La gente de la época de Jesús sabía bien que los dos grandes mandamientos eran el amor a Dios y el amor al prójimo. También sabían que, en realidad, eran un solo. Pero habían encontrado maneras de obviarlos, como se dice “guardando las formas”.


Esta situación reflejaba lo que es la esencia de todo fundamentalismo. ¿En que consiste la esencia de todo fundamentalismo? Lograr persuadirnos, que aceptemos que lo que se nos dice es la única e indiscutida verdad y que lo están haciendo o diciendo es para el bien de todos.


También han encontrado atajos para evadir los mandamientos y han elaborado justificativos para calmar sus conciencias. No dicen ni hacen ciertas cosas porque argumentan que así preservan a quienes se puedan sentir afectados. Pero lo cierto es que en el fondo no lo hacen por los demás sino por ellos mismos. No hay que olvidar que los fundamentalistas de todo tipo son autoritarios pero también son prácticos.


No pueden tolerar que Jesús haya sanado a una mujer enferma en sábado. En eso se mostraban inflexibles. Pero, claro, dice Jesús ¿qué hacen ustedes cuando uno de sus animales necesita agua? Por supuesto: no se puede dejar a los animales sin agua. Hay leyes que nunca se deben quebrar, especialmente, si no me afectan directamente.


Podríamos preguntarnos de las veces que muchos nos justificamos cuando a sabiendas infringimos las leyes. El argumento es muy sencillo: si todos lo hacen ¿Por qué yo no? Y se puede encontrar justificaciones en los temas más diversos. Se repiten en las discusiones sobre los herbicidas, la protección de los glaciares, el cuidado de los hospitales y las escuelas. Así, se nos abruma con argumentos que justifican que había que haberlo hecho pero no se lo hizo y, para colmo se afirma que está bien eso haya sucedido.


¿Por qué quebrar lo acordado es tan común y no parece tener consecuencias? ¿Es todo lo mismo? ¿Qué es lo que nos enseña el Evangelio? y ¿por qué esa fuerte reacción de Jesús contra el legalismo y la hipocresía?


Jesús dijo que había venido a cumplir la ley y que no iba a cambiar nada de ella. Pero lo dice en una acción de sanidad en la que manifiesta que en el amor a Dios y al prójimo no hay cabida ni para el legalismo ni para la hipocresía.


Aquel que dice amar a Dios no puede si no amar al mismo tiempo a su prójimo. Aquel que ama a Dios sabe que en ese amor siempre está presente el prójimo. Y aquí entramos en el segundo acento del relato.

2. En las manos de Dios no hay discriminados.

No es por nada que Jesús cura a una mujer. No es necesario recordar aquí el muy marginal lugar de la mujer en la sociedad de aquellos tiempos. A esta mujer que nada pidió y estaba enferma desde hacía tantos años, Jesús la llama hija de Abraham y le anuncia la libertad. ¡Qué imagen! Una mujer con su espalda vencida que, contra toda la resistencia hipócrita, es llamada a erguirse y empezar a vivir la verdadera vida.

Por eso no puede dejar de preguntarse: ¿Quién decide que uno puede ser privado de sus derechos en la sociedad? ¿Quién tiene derecho a excluir de la comunidad? ¿Quién es el que puede determinar que unos pueden tener más derechos que otros?


Ningún pueblo está exento de la discriminación y encontrar buenos justificativos para ejercerla. Hoy, lamentablemente, observamos a países que mientras enfrentan una crisis económica empiezan a manifestar su temor y desprecio por el extranjero -como ha pasado en Arizona con los inmigrantes indocumentados o en Francia con la expulsión de gitanos- por el diferente, y por muchos otros motivos. La discriminación siempre encuentra sus justificativos. ¿No han escuchando los lamentos de quienes se sienten afectados y reprochan que muchos mayores hayan podido jubilarse sin haber podido hacer sus aportes, porque creen que les han sacado un bocado de su plato?


En estos tiempos de lucha contra la discriminación de todo orden, de búsqueda de respeto, de la dignidad, debemos aprender a ponerle rostro a la palabra prójimo. Pero el rostro que se merece, la dignidad que le corresponde y sacudirnos de toda las imágenes distorsionadas que hemos recibido de la religión, de la cultura, de los medios, de nuestros propios prejuicios sociales, que nos han inducido a mirar con miedo o imaginarlos lejanos e irreales.


Hoy, con la alegría de este nuevo aniversario reafirmamos que en el amor a Dios somos llamados a trabajar por la dignidad de todos los seres humanos y anunciar la libertad de los hijos de Dios.


Para terminar, quizás lo mejor será compartir una vieja historia de nuestro país que es un fresco símbolo de la libertad que nos hace verdaderos seres humanos, ocurrido en Colonia Esperanza, Santa Fe en 1866. Lugar a donde fueron a vivir y trabajar hombres y mujeres provenientes de varios países europeos y mayormente protestantes. En esos no existía el registro civil y las bodas solo podía realizarse en iglesias católicas a no ser que hubiese ministros del otros credos. Alois Tabernig, de ori­gen tirolés y católico, y de Magdalena Moritz, de origen alemán y pro­testante era dos de estos colonos. Formaban una pareja que, alrede­dor del año 1866 decide casarse. Deciden ir al cura católico, un jesuita alemán, para pedirle que realizase la ceremonia. Pero el sacerdote se niega, a no ser que puesto la novia aceptara adoptar la confesión católica. Magdalena, no lo acepta, y Alois, de ninguna manera quiere ella de ese paso y. por eso, deciden re­solver el problema por su cuenta.


“Alois era un colono muy respetado y querido por la floreciente comunidad de la colonia. Era un hábil hombre de acción y de nego­cios, y bastante progresista”, cuenta el pastor Ángel que rescata esa historia. Alois decide invitar a sus amistades y vecinos de la ciudad a encontrarse en la plaza pública, informándoles que tiene algo muy importante que compartirles. Allí, ante sus amistades como testigos, junto a su novia, "a la manera de las antiguas tribus germánicas", planta un árbol en la plaza, llamándolo "árbol de la libertad y allí anuncia a todos que desde ese momento su esposa y él esta­ban casados.


Como era de esperar, la repercusión de este acontecimiento generó contra­ria­das opiniones, pero mostró una señal de libertad y responsabilidad.

La iglesia que nació bajo árboles y el árbol de libertad, imágenes vívidas del Evangelio que llama: “Eres libre…y ella se enderezó y glorificaba a Dios.”


Carlos A. Valle

Mensaje predicado en el 111 Aniversario de la Iglesia Evangélica Metodista de Flores.

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